“El 40% de las personas encarceladas durante el proceso queda libre el día de su sentencia, en virtud de que o son absueltos o, al juzgar el caso se reconoce que no se lograron probar las agravantes, por lo que se condena por delitos menores que implican multa o penas de pocos meses, que ya se pasaron en prisión.
“En tan sólo ocho años se duplicó el número de personas en prisión sin que los mexicanos se sientan el doble de seguros. Entonces ¿a quiénes se está encarcelando?
Durante mucho tiempo se consideró a las cárceles como una especie de basurero social donde se confinaba “la escoria”; es decir, el material defectuoso de la gran industria social del país cuya finalidad era crear y producir ciudadanos ejemplares y felices.
Obviamente esa es una visión estúpida, por decir lo menos. Casi tanto como llamarlas centros de “readaptación social”. Las prisiones son, de acuerdo con los más recientes diagnósticos y análisis, una muestra y una prueba de la descomposición del exterior, no tanto del interior.
Hoy la violencia en los presidios, con motines sangrientos y mortales, con altas y espantosas cifras de asesinados en las riñas colectivas por el control de las corruptas administraciones interiores, el Estado se da cuenta de cómo las cárceles son también parte de la inseguridad nacional.
Los espacios de reclusión deben ser áreas sometidas al control de los órganos de inteligencia. Desde ahí se fraguan y deciden delitos graves a través de las nunca rotas conexiones entre internos y bandoleros aun en libertad. El poder de las bandas desde el interior de las prisiones permite y determina —en beneficio de gobiernos estatales y aun del federal—, el lucrativo negocio de vender privilegios, espacios, dominios e imperios por los cuales las cárceles son las oficinas de los grandes corporativos de la delincuencia organizada.
Si las prisiones federales de “alta seguridad” (parece un chiste) estuvieran libres de corrupción nunca se habría fugado El Chapo, por ejemplo. Lo mismo sucede con las aduanas, hoy en manos militares abiertamente.
Aquí solicito espacio para una digresión literaria. Poco antes de morir, Juan Rulfo, el más grande novelista mexicano del siglo XX, se ganó tantos enemigos como nunca pudo suponer, cuando dijo: en México los generales se someten al poder civil a cambio de una aduana. Hoy todos los policías aduanales han sido sustituidos por agentes preparados por soldados.
Por muchos años los directores de las cárceles eran militares. Los resultados no eran muy diferentes de los actuales. También eran espacios de corrupción aun cuando su concepción jurídica era distinta: se les consideraba áreas de castigo; no de reeducación. Vinieron los “criminólogos”; le dieron la vuelta a la tortilla y las cosas siguen de mal en peor.
El Centro de Investigación para el Desarrollo (CIDAC) explica en una reciente investigación:
La proliferación de delitos calificados como graves lo único que ha hecho es saturar las prisiones de personas sin recursos para pagar una defensa adecuada o personas que cometieron delitos menores, pero son acusadas de delitos graves para satisfacer las cuotas de consignación que se les imponen a los ministerios públicos.
“El 40% de las personas encarceladas durante el proceso queda libre el día de su sentencia, en virtud de que o son absueltos o, al juzgar el caso se reconoce que no se lograron probar las agravantes, por lo que se condena por delitos menores que implican multa o penas de pocos meses, que ya se pasaron en prisión.
“En tan sólo ocho años se duplicó el número de personas en prisión sin que los mexicanos se sientan el doble de seguros. Entonces ¿a quiénes se está encarcelando?
“Hoy 225 mil personas están privadas de su libertad. Su manutención le cuesta al erario 29 millones de pesos diarios; la tasa de homicidios es cuatro veces superior que la que enfrentan las personas en libertad y las condiciones de reclusión se deterioran rápidamente. Las propias autoridades reconocen que sólo 7% de los reclusos son de alta peligrosidad, en tanto que 43% son procesados (se presumen inocentes, pero de momento están en la cárcel, hasta que la sentencia decida sobre su inocencia o responsabilidad); la mitad de los condenados fueron sentenciados por delitos menores; sin embargo, han sido estigmatizados con la prisión, difícilmente volverán a encontrar un trabajo lícito y ya entraron en contacto con auténticos criminales”.
En esas condiciones sólo les queda un camino (diría Luis Spota), volver “a lo de antes”.
Cárceles donde el motín es la expresión del conflicto de intereses en el manejo de los negocios encadenados; aduanas entre la corrupción pública y la concesionada a empresas privadas nacionales y extranjeras; estamentos estos de la administración, en los cuales debería privar la certeza y la confianza, se muestran hoy como eslabones podridos en la imaginaria cadena de la seguridad pública y su envolvente seguridad nacional.
MANCERA. Fue famosa la familia Wallenda por sus acrobacias. Funámbulos prodigiosos eran capaces de caminar sobre un delgado cable a cualquier altura. Helaban la sangre de quienes los veían desafiar la ley de la gravedad:
Hoy en el gobierno del DF hay un caballero cuyo desafío a la ya dicha ley también congela el aliento: el procurador Miguel Mancera. Si no se ha caído con tanta cosa, ya es comparable a un equilibrista de la política. Pasa cualquier cosa y no se cae... todavía.
xat
martes, 18 de agosto de 2009
esto es grave
Publicado por lucyana en 15:44
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